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Muchos ya conocen la historia o saben algo de ella. Si no, trataré de hacer un recuento veloz, inexacto en los hechos pero preciso en su esencia (den por descontada mi pésima memoria): a comienzos de 2015 Liz y yo nos veíamos y charlábamos con frecuencia y estábamos al tanto de nuestras inquietudes. A ella le gustaba dibujar y escribir, pero no lo hacía con la constancia que deseaba. Y Liz sabía que, al tiempo que yo fungía de mercenario editorial (corrigiendo por aquí y traduciendo por allá), me gustaba imaginarme libros bien hechos y que tenía la vaporosa idea de crear una editorial. Y pasó que, al verla ilustrando fachadas, cada vez con más constancia y deleite, fui uno de los que la impulsó a seguir haciéndolas, a hacer algo con ellas, y quizás el primero que le dijo ¿por qué no haces un libro? A lo que ella respondió ¿por qué no montas tu editorial?

Tras este fugaz intercambio, ese 2015 se convirtió en una vuelta al mundo editorial y empresarial, con numerosas etapas, premios de montaña y una que otra contrarreloj. En el camino, aprendimos a hacer un libro y a crear una editorial con todas las de la ley. Como todos los que han constituido una empresa, saben de la ingente cantidad de minucias que, imprevisiblemente, es necesario resolver y superar. Y simultáneamente, fue necesario buscar una manera de despejar el primer asunto de gran calado: cómo financiarlo. Optamos por convocar a un crowdfunding, que tuvo un final feliz gracias a los amigos y a muchos de los seguidores de #fachadasbogotanas en la cuenta de Lizeth (por si no lo saben: @cucharitadepalo) y de la página de Facebook del proyecto.

Pero esto fue meses después de que Liz se dedicó a dibujar con disciplina castrense todos los días durante varios meses, a recorrer Bogotá y a registrar sus historias. Y luego de eso y de lo otro, fue acordar con Ignacio Martínez y Vicky Mora el formato y el tamaño del libro, la caja, la tipografía, las portadillas, los colores, etc., para llegar a un diseño que fuera fiel al proyecto y a nuestra idea del libro.

Pasaron mil cosas: pelear con el banco para que transfirieran el dinero recaudado por el crowdfunding (pues hasta ese momento no había ninguna figura legal que lo permitiera, además de la inveterada codicia de los bancos que retienen la plata pero se quedan callados), definir más detalles del libro, ir a la Cámara de Comercio y decir que uno quería publicar libros y, además de todo, por el lado de Liz, escribir el libro, pues —si se hace con honestidad— subirse al árbol genealógico y sacudir las ramas, escarbar en la memoria y hacer que la propia historia tenga un eco en el corazón de los demás resulta una de las tareas más difíciles, sino la más.

Al final, se imprimió el libro, pero eso fue solamente el comienzo de otras tareas nuevas: hacer un lanzamiento (¡al que fueron al menos 300 personas!), visitar librerías y ofrecer casi con pena un libro de una nueva editorial, alistarse para enviar el libro prometido, y así muchas tareas que se me olvidan y cuya íntegra enumeración aburriría leer. Pero a principios de diciembre, ya teníamos los primeros ejemplares en nuestras manos. E hicimos el lanzamiento el 16 de diciembre en el Gimnasio Moderno (¡hace un año!), felices, exhaustos, pero sobre todo agradecidos, por las personas que nos colaboraron (Juan David que hizo el video del crowdfunding, Germán Quimbayo que incluso hizo un prólogo que al final no quedó, Jaime Monsalve y Eduardo Arias que charlaron con Lizeth en ese lanzamiento, y muchísimas personas más) y por todas las personas que tan generosamente compraron ese libro inexistente, pues confiaron en nosotros y luego se alegraron genuinamente con el resultado.

Durante ese lanzamiento fui, tras tomarme un sorbo de whisky, un fugaz maestro de ceremonias y recuerdo haber dicho que no podía haber mejor augurio para estrenar una editorial que haber hecho ese libro, y un año después, ya con dos libros más, puedo volver a decirlo. Ya se puede decir que Fachadas bogotanas, depositario de tantas pequeñas historias de esta ciudad, se convirtió en una historia más de esta.

De nuevo: gracias, Liz, y gracias a todos los que han hecho parte.

  • Fachadas, entre sus congéneres.
    Fachadas, entre sus congéneres.


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